Murmullo incesante

El lenguaje es quien habla, ese murmullo incesante que nos atraviesa y hace gestos, destellos en la oscuridad
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miércoles, 10 de octubre de 2012

Ahorrémonos pues las lágrimas

Dice Jesús González Maestro, profesor de Teoría Literaria y seguidor del materialismo filosófico, que las ideas de Foucault sobre el autor ignoran una realidad fundamental: el copyright. Semejante estupidez nos sume en una gran perplejidad: no sabemos si las conexiones neuronales del profesor Maestro se han enredado o si lo que dice se debe a pura mezquindad. Decimos esto sin ánimo de ofender. Al fin y al cabo, según el profesor Maestro, los seguidores de Nietzsche son seres incapaces de usar la razón, y aquí somos muy de Nietzsche, lo que nos convierte en seres incapaces de usar la razón, y mal podremos, entonces, ofender a un excelso adalid del racionalismo. Nos limitaremos, por consiguiente, a balbucear cual bárbaros, que es lo propio de los seres incapaces de usar la razón. En cualquier caso, visto en qué consiste el racionalismo de algunos, asumimos alegremente y con orgullo nuestra condición bárbara.

Es famosa la contestación que dio Foucault cuando se le objetó la intención de arremeter contra el sujeto individual: "definir de qué modo se ejerce la función-autor no equivale a decir que el autor no existe... ahorrémonos pues las lágrimas". Muchos años después, frente a la pantalla de su ordenador, el profesor González Maestro sigue derramando sus lágrimas. En El orden del discurso Foucault también señala esta distinción entre el autor y la función-autor.

(Voy a hacer un paréntesis digresivo, porque me apetece: los seres incapaces de usar la razón actuamos, como es sabido, con base en nuestros impulsos y apetitos, sin respetar la ilación lógica de un discurso racional. David Foster Wallace, en El Rey Pálido, se presenta como el autor real, el individuo de carne y hueso que sostiene el lápiz y no como una máscara narrativa abstracta. Creemos que esto no significa resucitar al autor ni nada parecido, sino que muestra, precisamente, la diferencia misma entre el autor y la función-autor. Si no existiera dicha diferencia el prólogo de DFW ni siquiera tendría sentido. Además, cualquier intento de negar la ficción dentro de la ficción se revela paradójica, algo que DFW señala en un metacomentario irónico de la paradoja misma, al decir que a él también le parecen irritantes esta clase de paradojas, al menos desde que cumplió los treinta años. Aquí el autor (material) es una declaración aporética, puesto que en un texto de ficción el autor material, el individuo de carne y hueso, no puede comparecer como tal, sino ejerciendo la función-autor. El mismo DFW señalaba que la muerte del autor puede querer decir muchas cosas, pero que lo que no puede querer decir es que nadie escriba, algo con lo que Foucault estaría de acuerdo y, creo yo, cualquiera que esté medianamente cuerdo. Lo que sucede es que Foucault se centra únicamente en analizar y describir cómo se ejerce la función-autor en nuestras sociedades, sin que haya prohibido a nadie, por otra parte, realizar cuantos estudios biográficos le plazca, que serían simplemente otra cuestión. Desgraciadamente, DFW ya no sostendrá el lápiz. Sobre su muerte no podemos ahorrarnos las lágrimas. Pero, dejando a un lado su muerte real en tanto individuo real, sobre la que no tengo nada que decir (más que decir, tendría que llorar) veamos cómo algunas de las ideas de Foucault sobre el autor se reflejan en la narrativa de DFW. Según Foucault, al escritor le corresponde el papel del muerto en el juego de la escritura. Evidentemente, el escritor no está muerto, está sosteniendo el lápiz. Ahora pensemos en El neón de siempre. El narrador del relato está muerto, algo que ya se insinúa en la primera frase: "toda la vida he sido un fraude". La vida solo puede tener este carácter de totalidad cuando uno ya se ha muerto. Solo en el "haber muerto" tiene lugar la figura unitaria -dice Felipe Martínez Marzoa comentando a Platón, pero que nos sirve también para comentar el relato de DFW- el alma en el "haber muerto", "separada del cuerpo", tiene lugar para que por fin y de una vez se diga qué o quién verdaderamente soy yo. Mientras uno es, falta aún lo que uno puede ser, de ahí que el narrador, que está muerto y ya no puede ser, diga he sido. Ahora podemos comprender adecuadamente la primera frase del relato de DFW: Toda la vida (figura unitaria) he sido (fin del poder ser) un fraude (una vez muerto, se dice lo que verdaderamente ha sido), si bien la figura unitaria resultará problemática y condenadamente difícil de expresar y la verdad de lo que ha sido se verá envuelta en la paradoja de la fraudulencia. El narrador, pues, está ocupando el lugar de un muerto, lo cual no deja de ser paradójico, puesto que un muerto sencillamente no está. Esta quizá sea la paradoja mayor de un relato que está sembrado de paradojas (motivo por el que he usado este término hasta el hartazgo). Cierto que no es el escritor mismo el que ocupa el papel del muerto en el relato, sino el narrador y protagonista, pero, de todas formas, si pensamos en la idea de Foucault de que el escritor asume el papel del muerto en la escritura, que no puede querer decir estar muerto (bien mirado, estar muerto es un oxímoron, los muertos no están), lo cual sería no tener papel, sin más, deberíamos pensar en algo así (más o menos, quizá todo lo que he dicho hasta ahora resulte bastante confuso, lo admito). La conexión con Platón parece algo forzada. Sin embargo, no es tan forzada como parece. En el relato de DFW se desconfía de las palabras, el hecho es que todo esto de decir palabras no sirve de nada, dice el narrador, pero si quieres entender este hecho lo tienes que explicar con palabras, en el tiempo secuencial de las palabras, aunque el tiempo, en realidad, no vaya en línea recta. ¿No me estoy contradiciendo lógicamente ya desde el principio?, pregunta el narrador, por no hablar de que, a pesar de las apariencias, el yo que narra no es lo que importa. En lugar de seguir gastando palabras, vamos a recomendar la lectura de El neón de siempre, uno de los relatos más complejos y fascinantes del siempre complejo y fascinante DFW).

PD: Este post ha sido, desde el punto de vista de su organización, una verdadera catástrofe, dicho sea sin ironía alguna. De todas formas, espero que quede claro que las ideas de Foucault sobre el autor no ignoran el copyright y que decir esto es falso y ridículo.

PD2: Leer esto nos sume en una profunda tristeza. Solo el primer párrafo, el único que hemos leído, nos arranca lágrimas de dolor. Hubiéramos preferido no leerlo. Es la cosa más estúpida y desalmada que hemos leído nunca. Ahora ya es tarde. Aprovechamos la ocasión para recomendar el excepcional libro de Deleuze sobre Nietzsche, Nietzsche y la filosofía, y paliar así, en la medida de lo posible, las gilipolleces y taradeces proferidas por ese individuo atroz y resentido que parece dedicarse profesionalmente a inocular pasiones tristes y a no entender nada. Pobres alumnos. Sobre el libro de Deleuze dijo Eugenio Trías que significaba el primer intento de renovación de la interpretación nietzscheana, especialmente audaz ya que todavía por los años de su publicación circulaba el incalificable mito del Nietzsche prefascista o irracionalista (cursivas nuestras). El mito es patentemente absurdo, pero más aún lo es que, de nuevo, se alcen voces tan histéricas como la de González Maestro para tratar de resucitarlo. Por supuesto, la filosofía de Nietzsche es criticable (sin ir más lejos, su caracterización del platonismo es sumamente cuestionable), pero hacerlo en estos términos, en fin, es triste. Nietzsche es uno de los grandes filósofos de toda la Historia y presentarle como un irracionalista furibundo y un loco pues bueno, eso, que es una cosa muy triste, así que vamos a dejar de hablar de González Maestro, porque no merece la pena. Preferimos seguir leyendo a Nietzsche sin la arrogante pretensión de haberle entendido y desentendiéndonos de clichés culturales instaurados que, en definitiva, funcionan como un velo distorsionador cuando de leer a un pensador fundamental se trata.

martes, 2 de octubre de 2012

Esencia y existencia, imágenes y lenguaje

En el artículo Apropiacionismo hoy, multiplicación del accidente, Agustín Fernández Mallo escribe una frase muy curiosa. Dice: "presuponer la existencia de una esencia equivale a asumir que es posible el aislamiento de un objeto en un entorno". No estoy de acuerdo, no porque considere posible asumir el aislamiento de un objeto de su entorno, sino porque, por definición, una esencia no existe. Me explico: esencia es un término que se refiere a la pregunta qué es algo. De lo que hace a algo ser ese algo, y no otra cosa, es de lo que decimos que constituye su esencia. La existencia, en tanto realidad efectiva, solo dice de algo que es, la esencia dice qué es. Si pensamos desde estas categorías metafísicas, no podemos sencillamente negar uno de los términos y quedarnos con el otro, porque ambos se implican mutuamente. Podríamos pensar la esencia de algo que aún no ha devenido existente o, al contrario, algo existente que aún no ha alcanzado su esencia, pero, aún así, estaríamos pensando ambos términos refiriendo uno a otro. Otra cuestión es que se conciban las esencias como entes extrañísimos que residen en mundos también extrañísimos, dobles fantasmales de lo que es. La esencia de algo no es otro algo, desde luego.

Otra cosa que me ha llamado la atención es la tesis que sostiene Mallo: que las imágenes están compuestas de palabras, que son lenguaje verbal. Esta tesis, lo confieso, no la entiendo. Una vez destruidas las esencias, que hacen posible que algo sea propiamente lo que es, y no otra cosa, parece, entonces, que cualquier cosa puede ser cualquier cosa. La imagen es lenguaje verbal, por ejemplo. También he de confesar que en este punto mis pelos de normópata se ponen de punta. Desde luego, lo que algo es no necesariamente es algo fijo, inmutable, eterno, cosido en el cielo de los significados ideales, y puede ser muy difícil determinar qué es algo. ¿Qué es la literatura, por ejemplo? Aún así, asumimos siempre, implícitamente, alguna determinación propia de la literatura, aunque sea negativa. Sabemos que una receta médica no es literatura, aunque, obviamente, dentro de un relato o novela podemos incluir una receta médica. Sabemos que una fórmula lógica no es literatura, aunque David Foster Wallace, en un relato magistral, El neón de siempre, incluyese una fórmula lógica. Ni la receta en tanto que receta, ni la lógica en tanto que lógica, son elementos esenciales de la literatura. Las determinaciones concretas de la literatura, o de lo que sea, están sujetas a discusión y cambian con el tiempo, pero la ausencia de la determinación en sí es el caos. O, mejor dicho -es decir, más ajustado a lo que considero la esencia del caos- es la sucesión vertiginosa de determinaciones lo que constituye una situación caótica.

Deleuze definía -de nuevo: determinaba, delimitaba- tanto a la literatura como a la filosofía y a la ciencia por el modo en que se enfrentaban al caos. La literatura extrae figuras, la filosofía conceptos y la ciencia funciones. Solo pedimos un poco de orden para protegernos del caos, escribía Deleuze, no hay cosa que resulte más dolorosa, más angustiante, que un pensamiento que se escapa de sí mismo, que las ideas que huyen, que desaparecen apenas esbozadas, roídas ya por el olvido o precipitadas en otras ideas que tampoco dominamos.

Mi intención no es defender viejas esencias inmóviles, ni afirmar, tautológicamente, que una cosa es lo que es -solo la Justicia es justa, la Belleza bella, etc.- y ya está, solo señalar que entre la monótona afirmación de que algo es lo que es, y la contradicción, algo es lo que no es, a lo que, en el límite, nos conduciría la negación de cualquier determinación propia de algo, que ese entre es el espacio, el campo de juego de los discursos.

PD: No estoy en contra de lo que dice Mallo respecto a las imágenes, porque ni siquiera lo entiendo, así que mal puedo posicionarme en contra, si acaso mi posición es la del asombrado. Mi asombro proviene por una parte de Foucault y por otra de Artaud. En Las palabras y las cosas, Foucault planteaba la relación entre el lenguaje y lo visible como irreductibles uno al otro: "por bien que se diga lo que se ha visto, lo visto no reside jamás en lo que se dice, y por bien que se quiera hacer ver, por medio de imágenes, de metáforas, de comparaciones, lo que se está diciendo, el lugar en el que ellas resplandecen no es el que despliega la vista, sino el que definen las sucesiones de la sintaxis". Con esto no quería decir que fueran incompatibles, pero, desde luego, estaba lejos de considerar que la imagen fuera lenguaje verbal. Artaud, por su parte, decía que "no se trataba de encontrar en el lenguaje visual el equivalente de un lenguaje escrito en el que el lenguaje visual no sería más que una mala traducción". Que conste, por cierto, que no esgrimo a Foucault y a Artaud como instancias de autoridad; solo lo hago para señalar el modo en que concibo las relaciones entre el lenguaje y lo visible y mis dificultades para comprender la tesis de Mallo. Por mucho que me empeñe, para mí las imágenes y las palabras, lo visible y el lenguaje, constituyen dos series diferentes, y por ser diferentes pueden resonar una en la otra.